A la primera señal de tu existencia
sentí ensanchar mi corazón de madre.
Era tan hondo mi contento que a tu débil latido
acariciaba ya mi pensamiento.
Tu latido más fuerte cada vez,
al cambiar tus posturas en mi seno,
causaban en mi tal sensación
que hacían de mi vida
horas de paraíso, horas de ensueño.
¡Cuánto, cuánto te amé!,
aún antes de que nacieras,
Antes de que mis ojos te mirasen
y brillara en ellos el misterio.
De ese algo sublime y celestial
que Dios pone en nosotras al teneros.
Viniste al mundo y fue…
como si el rey pusiera en mis manos su tesoro.
Te besé y acaricié a un tiempo,
con un temblor inmenso,
pues temía romperte, hacerte daño.
Tan pequeño y tan frágil era tu cuerpo.
Y fue pasando el tiempo
y fui poniendo en ti lo mejor de mi vida.
Amor, poesía, rectitud y sentimientos.
Porque yo era así…
Recia, cristiana, gallega, poeta…
Y encerraba en mi pecho,
amasaba en mi sangre,
lo que encierra Galicia,
lo que tiene mi tierra.
Quise hacer de ti algo muy grande,
no en bombo y apariencia,
pero sí que sintieras con los pobres,
que vivieras con ellos sus miserias,
y alternando con ellos,
aliviaras sus penas.
¿Por qué si te quería tanto,
deseé que conocieras la tristeza?
Verás mi explicación:
porque amando a los pobres,
sólo así, sentirás amor.
Que al de “Madre” pudiera compensarse,
pues si anhelas hallar comprensión
te advierto de antemano
que por absurdo que parezca
el amor humano,
nunca un hijo ha de dar
en tal medida, de darse todo entero.
Y sangrará tu pecho, y angustiada tu alma se hallará
y correrán tus lágrimas.
Conocerá tu vida la negra soledad,
sólo, sólo incomprensión
y frío, en tu vida tendrás…
pero si nada esperas y buscas consolar,
remediar las miserias
y siempre comprender a los demás
tu vida no habrá sido estéril…
y un día… sin tardar
tus hijos, y aún aquellos
los que, sencilla y callada consolaste,
te habrán de recordar,
y sentirán la falta de tu mano
que les dio pan y caricias
al pasar por la vida,
si es tu amor inmenso
e inmensa también tu caridad.